Desde finales de la década del sesenta y durante los setenta, diversos autores latinoamericanos realizaron planteos teóricos acerca de la relación entre la ciencia, la tecnología y la sociedad. Desde puntos de vista muchas veces contrapuestos, tanto en su visión de la ciencia como de la sociedad, aquel fenómeno fue conocido como Pensamiento Latinoamericano en Ciencia y Tecnología. Jorge Sábato, Oscar Varsavsky y Amílcar Herrera fueron los autores argentinos de mayor reconocimiento dentro de un movimiento que trató de formular estrategias de desarrollo en las que lo social se integraba con lo político, lo científico y lo económico (esta última perspectiva, a su vez, fuertemente influenciada por las teorías del desarrollo y de la dependencia, inspiradas por la CEPAL).
Jorge Sábato consideró en 1968, junto a Natalio Botana, que la acción de insertar la Ciencia y la Tecnología en la trama misma del desarrollo significaba saber dónde y cómo innovar. Sus análisis se basaron en la experiencia histórica que, consideran, demuestra que esta acción constituye el resultado de la interacción múltiple y coordinada de tres elementos fundamentales en el desarrollo de las sociedades contemporáneas: el Gobierno, la Estructura Productiva y la Infraestructura Científico-Tecnológica, conformando de esta manera un triángulo que tiene por lados los tres elementos mencionados. A su vez los lados de dicho triángulo representan las múltiples interrelaciones entre ellos. En esta figura, “cada vértice constituye un centro de convergencia de muchas instituciones, unidades de decisión y de producción” según dijera Sábato en 1974. Él consideraba que la circulación continua de un flujo de demandas y ofertas entre ellos asegura la plena generación y utilización de conocimientos científico-técnicos en todo el proceso de desarrollo; la relación entre los vértices era, por lo tanto, condición para el desarrollo del país.
Oscar Varsavsky tenía una concepción social de izquierda más contestataria: creía en una sociedad igualitaria y socialista. En la década del ´60 Varsavsky, advirtiendo acerca de los efectos perversos que se derivaban de la adopción acrítica de pautas establecidas en otros contextos, reclamó que la universidad debía abandonar su orientación exógena. En esta línea de pensamiento, él creía que en una universidad que trata de emular lo que se hace en los países desarrollados y que no tiene una agenda propia, no se tiene un compromiso real con su medio, con su gente y sus reales problemas. Es decir, la universidad debía tomar conciencia que lo importante en el primer mundo bien puede no servirnos a nosotros. Varsavsky entendía que había que dejar de creer ingenuamente en la versión tecnológica de la teoría del derrame que promete el desarrollo de tecnologías a cualquier costo con la esperanza de un desarrollo tecnológico para todos, cuando ese desarrollo nunca llegó ni alcanzó a todos: los sin techo, en los '60 e incluso ahora, siguen construyendo sus casas como se hacía en la antigua Babilonia, por ejemplo, o encaran sus cultivos con tecnologías extremadamente ineficaces y poco intensivas. Siguiendo su pensamiento crítico de la ciencia en Argentina, planteaba que los científicos le daban la espalda, por ejemplo, a los problemas habitacionales del país siendo influidos en esto por ideas externas. Con esto explicitaba que los científicos debían preocuparse por las necesidades de la población de su propio país y no estar preocupados por enseñar en los países desarrollados y si emigrasen a los mismos a desarrollarse intelectualmente, deberían regresar. Según él, había que preguntarse sobre los presupuestos básicos del modelo vigente y sobre nuestras aspiraciones, sobre todo en el campo de la educación, la ciencia y la tecnología. Criticó, además, el desarrollo de la ciencia en América Latina y denunció el uso del conocimiento como instrumento de poder y desigualdad, aun en forma no deliberada, desperdiciando la posibilidad de transformarlo en una herramienta para el desarrollo colectivo y el mejoramiento de la condición humana. Conjuntamente con otros científicos señaló, también, la relación de poder no democrática que se ha establecido entre la ciencia y la tecnología con la sociedad. Según él, había necesidad de obtener productos prácticos, claros y solidarios. Creía también que había que traducir cuestiones complejas en términos sencillos y pertinentes, para que fuesen entendidas por todos. El conocimiento al que se llegaba luego de hacer una análisis, era abierto y modificable por la participación de expertos y actores. Entendía que era escencial la existencia de una relación entre ciencia, tecnología y sociedad.
Amílcar Herrera, en 1968, desarrolló los conceptos de políticas explícitas e implícitas. El concepto de políticas implícitas refiere fuertemente a la importancia del contexto económico y político como determinante de las políticas tecnológicas; el de políticas explícitas refiere a las políticas que toman quienes detentan el poder, en determinado momento, en las áreas mencionadas en las políticas implícitas; su proyecto también desarrolló el concepto de “clusters” de políticas, que fue una importante contribución sistémica, alejada del simplismo ofertista. Herrera cree en un proyecto de sociedad basado en la igualdad y en la plena participación de todos los seres humanos en las decisiones sociales, para él la sociedad se debería fijar como objetivo prioritario del sistema productivo, la satisfacción de las necesidades humanas básicas (alimentación, vivienda, educación y salud). Piensa que los adelantos tecnológicos reflejan el proceso de la productividad. Sostenía que la sociedad debía ser una no consumista, en la cual la producción estuviera determinada por las necesidades sociales y no por la ganancia. Creía, además, que el concepto de ''propiedad'' debía ser reemplazado por el de ''uso de los bienes de producción y de la tierra'', por lo que estos bienes serían gestionados, en vez de ser propiedad de alguien. Según él, la educación es un factor fundamental de incidencia para la soceidad. Según su modelo latinoamericano proyectado en base a una crítica a una conferencia del Club de Roma, la educación es un factor funamental en el modelo propuesto, esta puede y debe operar como un factor de cambio social y brindarle a cada individuo la posibilidad de participar en la producción de cambios y obtener beneficio de la nueva situación, para lograr esto la educación debe ser permamente, de otra forma se desactualizaría. Según Herrera, países industrializados deberían, solidariamente, proveer de recursos a los más pobres, y todos los países, a su vez, tienen que cooperar entre ellos sólo si en el país que recibe los recursos hay condiciones de equidad social, de otra manera la ayuda solamente serviría para los sectores privilegiados. Dice, además, que los países desarrollados deberían solidarisarse y fijar precios equitativos para los productos de los subdesarrollados. Piensa, asimismo, que el destino de la humanidad depende de factores sociales y políticos que los hombres pueden modificar. Herrera pensaba que se debía erradicar la pobreza del mundo, al contrario de lo que dicen algunos políticos de disminuirla solamente.
Bibliografía consultada:
Naidorf, Judith, La privatización del Conocimiento Público en Universidades Públicas,de aquí, 2005
Vidal, Carlos Martínez y Marí, Manuel, La escuela Latinoamericana de Pensamiento en Ciencia, Tecnología y Desarrollo: Notas de un Proyecto de Investigación, Número 4, de aquí, Septiembre-Diciembre de 2002
Dagnino, Renato, Ciencia y tecnología para Pocos,de aquí, Diciembre de 2003
Rietti, Sara, Oscar Varsavsky y el Pensamiento Latino Americano sobre Ciencia, Tecnología y Sociedad, de aquí, 2002
Herrera, Amílcar, Modelo Mundial Latinoamericano,de aquí, Enero-Febrero 1976